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El Caparazón


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Tecnología, psicología social, Social media, aprendizaje, tendencias web
Actualizado: hace 16 horas 13 mins

Experiencias interactivas, tendencias actuales y el mito de la soledad

Jue, 08/21/2014 - 03:11

Llevo tiempo reflexionando acerca de lo que quiero expresar en esta entrada.

Y es que me llama la atención, últimamente, observar una nueva práctica entre los jóvenes que apoya la idea del individuo conectado que presentábamos en Socionomía y en tantas otras entradas aquí: la de vivir, incluso en espacios públicos, experiencias personalizadas que a primera vista nos aíslan de los demás.

 

Pseudo-Personalización con demora social

Ocurrió ya con la evolución de la radio, la televisión, que con la proliferación de  cadenas y estaciones que los espectáculos dejaron de ser siempre sociales. En los hogares con varios televisores, cada cual en la familia podía ver un programa distinto, aislándose de la experiencia de los demás y por lo tanto, aprendiendo y vivenciando referentes múltiples. El tema no parecía demasiado grave: aunque viésemos distintas cosas, éramos muchos los que por grupos de edad compartíamos programas, series, películas, demorando pero no anulando la interacción alrededor de los mismos. Quizás no resultaba fácil intercambiar opiniones en el ámbito familiar sobre la serie en cuestión pero esta se convertía en un tema común cuando hablábamos con compañeros en la oficina, amigos en la escuela, etc.

Incluso en el ámbito familiar el tema no era demasiado grave, porque aunque los temas fuesen distintos, los pocos tópicos, valores, arquetipos, marcos simbólicos o ideológicos, partían de unos pocos emisores.

 

Hiperpersonalización y aislamiento conectado

Los tiempos han cambiado. Internet abre camino a la hiperpersonalización de la experiencia mediática. Auriculares (headphones), dispositivos de uso personal más económicos, etc., la tendencia llega hasta nuestros días. Hasta el punto que me ha llevado a escribir este post.

Hace poco observaba en un local nocturno algo que me hizo pensar bastante : algunas personas (pocas) bailaban al ritmo de su propia música, distinta de la de los demás, con auriculares. ¿Será así el futuro de los locales de ocio nocturno? ¿Será así incluso la experiencia de ir al cine, conciertos, etc.? ¿Será el cine interactivo y personalizado para todos los gustos uno de los salvavidas económicos de la industria del cine, de otras tantas afines del espectáculo?

Y si es así, desde la perspectiva actual se añade una duda más: ¿Seguirán siendo necesarios los espacios públicos lejos de los teclados?

 

Se aceptan apuestas. La mía, mi prospección futurista es de que sí habrá un momento para las experiencias interactivas personalizadas del individuo conectado, pero que será algo que lejos de aislarnos, ampliará de nuevo las formas de sociabilidad actuales. O nos devolverá. como lo hacen siempre en gran medida las actuales redes sociales, a formas comunitarias previas al aislamiento postmoderno (la plaza del pueblo de la que hablábamos en Socionomía).

Y es que un poco después de imaginar ese futuro distópico miré a mi alrededor, de seres casi alienados en músicas abstractas. ¿Es esta es la forma de sociabilidad que queremos conservar?

El tema no se soluciona, desde luego, con auriculares, que podrían ser la expresión extrema de esas ciertas tendencias en música tecno despersonalizante, pero quizás sí que debería informarnos de que, en paralelo a ese mundo hipersocial, estamos construyendo, en algunos lugares, un mundo más alienante fuera que dentro de internet.

Si me dejáis expresarlo en lenguaje Facebook (fue un posteo reciente allí):

“Se escucha que las redes sociales nos deshumanizan de muchos modos. Me perdonarán los que lo valoren así pero si somos lo que día a día vamos aprendiendo de los que tenemos alrededor, creo que nunca antes hemos estado tanto y tan bien acompañados. Como experiencia de crecimiento.personal y existencial, las redes sociales son únicas.”

 

En fin.. que en este contexto la naturaleza dual, las ganas de vivir experiencias múltiples del ser humano contemporáneo, podrían estar conquistando nuevos lugares de desconexión y aislamiento donde antes ocurría lo contrario.

¿Quizás a grandes rasgos podríamos asistir en un futuro a la inversión de los sentidos de lo privado y lo público? ¿Buscamos lugares en los que desconectar fuera de casa y conectamos en casa? ¿Somos ahora más sociables en casa que fuera de ella? ¿O somos hipersociables ya, hemos desmitificado la soledad y vamos a demandar en breve que se nos ofrezcan espacios virtuales de interacción en cada espacio público?

El tema da para muchas otras reflexiones y entradas, así que con vuestro cariño y ayuda, continuará…

Categorías: TIC's

Work hard, party hard

Jue, 06/12/2014 - 15:56

Rompo el tono habitual del blog para dejar una reflexión, a raíz de una experiencia personal y tal vez al hilo de la Competencia autolúdica que definíamos hace unos días. Creo que activistas, pedagogos, todos/as aquellos/as que no trabajáis exclusivamente por dinero, además de deportistas, os sentiréis identificados en algún punto:

Muchos/as os habréis preguntado cómo es eso de correr un maratón. La gran mayoría no somos atletas profesionales y 42 kilómetros llevando al máximo nuestra capacidad física, 4 o 5 horas en la mayoría de los casos, nos parecen de entrada algo inabarcable, una auténtica locura.

Somos ultraresistentes cuando se trata de sobrevivir, de lograr algo tan gratificante como superar una enfermedad o tener un hijo, pero resulta difícil entender el porqué de tanto sufrimiento a cambio de casi nada, de nada real y objetivamente importante.

Resulta incomprensible, además, que después de vivirlo, después de haber sufrido como lo hemos hecho durante horas, pensemos en repetir.

He pensado en todo ello desde el 18 de Mayo, cuando viajé unas tres horas en coche para vivir esa experiencia, cuando no fui capaz ni siquiera de comer, entre otras cosas por el dolor de cada uno de mis huesos y músculos al intentar bajar del coche, hasta que llegué a casa al anochecer.

Hoy he logrado entender que no hay un motivo más allá de la personalidad de quienes nos aventuramos en ese tipo de experiencias (maratones, camino de santiago, el amor en mayúsculas, querer cambiar el mundo, odiseas de todo tipo…): no sabemos parar.

No dormí bien esa noche y lo noté pronto… a los tres o cuatro kilómetros de la salida ya pensaba en abandonar. Me propuse, a modo de juego mental que aliviaba el sufrimiento, dejarlo como mucho a los 21. Mi cuerpo llegó al límite ya a esa distancia pero mi mente, acostumbrada ya a mis férreas disciplinas, apostó por terminar.

Disfrutamos intensamente, sufrimos intensamente también. Pensaba hoy en cómo me gustaría saber vivir de una forma más moderada, abandonar principios, ideas, objetivos, metas cuando el camino se vuelve impracticable y la razón grita que seguir no tiene sentido. Pero tan férreo como la voluntad es el carácter que la contiene, así que no creo que ya, a estas alturas, tenga sentido proponerme cambiar.

Lo tiene quizás darse cuenta de ello, saber de antemano, en cualquier ámbito de la vida, que cuando de verdad deseemos algo, no nos será fácil abandonar.

Lástima que el camino empiece al desear, que no sea posible, muchas veces, matar el deseo sin morir un poco uno mismo.

Categorías: TIC's

De la impaciencia a la competencia autolúdica

Sáb, 05/31/2014 - 05:19

Lo dicen diferentes estudios: estamos ante una de las generaciones más impacientes de la historia. El tema justifica incluso la tan nombrada Gamificación, que aparece como complemento a las recompensas sociales, económicas, de otras épocas que están perdiendo su efectividad porque se sitúan a un plazo siempre demasiado largo.  En la escuela, ya no les sirve “ser alguien de mayor”,  en los puestos de trabajo resulta difícil llegar a fin de mes, esperar la recompensa económica cada cuatro semanas, produciéndose una insatisfacción que medallas, puntuaciones, barras de progreso y diversos otros artificios tratan de solucionar.

Y es que los jóvenes de hoy se han socializado en Facebook, en Instagram, en un contexto de fáciles “me gusta”, de pequeñas recompensas inmediatas, perdiendo la paciencia que otras generaciones habíamos cultivado.

No estoy hablando de la ética del esfuerzo, siempre he pensado que no es necesario incrementar el sufrimiento de forma artificial si podemos hacer las cosas fáciles y divertidas, pero sí reconozco que me preocupa la imperiosa necesidad de recompensa inmediata que el mundo 2.0 está determinando en las generaciones actuales. Entre otras cosas porque recuerdo cómo la Psicología y la Criminología de los 80 identificaban la incapacidad de demorar la recompensa como uno de los principales indicadores de inmadurez e incluso de conductas delictivas.

 

 

 

Demora de la recompensa

Es ampliamente conocida la investigación de W. Mischel  con niños desde los  4 años  hasta la edad pre-adulta, con la idea era medir el control de la impulsividad, el control emocional. La idea era dejarles solos en un aula con una golosina en la mesa, volver a los 20 minutos y ofrecerles otra como recompensa si habían sabido esperar.

En un blog sobre neurodidáctica la resumen así:

Los niños que fueron capaces de esperar utilizaron diferentes métodos, como taparse los ojos para resistir la tentación, cantar, jugar o hablar consigo mismos (ver video). Los más impulsivos eran incapaces de resistir la tentación y cogieron la golosina a los pocos segundos de la marcha del experimentador. Al cabo de unos años (entre doce y catorce) se evaluó, a través de unos test escritos, competencias y habilidades generales que presentaban los ahora adolescentes.

Las diferencias emocionales y sociales que presentaban los adolescentes que a los 4 años fueron incapaces de reprimir sus impulsos, eran extraordinarias respecto a los que aplazaron la recompensa de la segunda golosina. Los que a los 4 años de edad fueron capaces de resistir la tentación  eran socialmente más competentes, afrontaban mejor las frustraciones de la vida, eran más responsables y seguían siendo capaces de demorar las gratificaciones al perseguir sus objetivos. Sin embargo, una gran parte de los preescolares que mostraron de niños un comportamiento más impulsivo presentaban una baja autoestima, eran más indecisos, soportaban peor el estrés  y eran más proclives a discutir y pelearse. Pasados todos estos años, seguían siendo incapaces de aplazar la recompensa.

Pero lo más sorprendente es que, cuando se evaluó a los niños al terminar el instituto, los resultados académicos de los que no supieron dominar sus impulsos a los cuatro años de edad eran peores. La evaluación, que fue realizada por los propios padres, demostraba que los niños que fueron más pacientes al llegar a la adolescencia, mostraban una mayor predisposición al aprendizaje, razonaban y se concentraban mejor y eran capaces de llevar a cabo los objetivos planteados con mayor decisión. Además, obtuvieron mejores puntuaciones en los SAT (Test de Aptitud Académica, examen preuniversitario). Las pruebas de aplazamiento de la recompensa de los niños a los 4 años predecían mejor que el cociente intelectual (CI) los resultados en el SAT.

En determinadas ocasiones somos incapaces de explicar racionalmente porqué tomamos las decisiones4. La comprensión de un problema o el análisis de un texto culmina gracias a la perseverancia. En un instante determinado, todo aquello que parecía inconexo acaba teniendo sentido. Lo que Walter Mischel describe como “el aplazamiento de la gratificación autoimpuesta dirigida a metas”5, es decir, la capacidad de reprimir los impulsos al servicio de un objetivo (como responder las preguntas de un examen o acabar los estudios), seguramente compone la esencia de la autorregulación emocional.

 

Pues bien… pensaba en todo ello hace poco, a partir del kilómetro quince de mi primera maratón, mientras me daba cuenta de las más o menos extrañas estrategias que mi mente ponía en marcha: “Quedan solamente 10 canciones”, “me premiaré en cuanto llegue con tal o cual bebida o comida”, “una hora más de sufrimiento pero mañana me sentiré orgullosa”  y tantos otros subterfugios para superar el inevitable dolor y dar una zancada más.

Recordaba cómo aprendí a esperar en la infancia. Eran otros tiempos y era extraño que la ansiada bicicleta, el primer ordenador, aquel libro o disco que tanto ansiábamos llegasen pronto. Estábamos aprendiendo, sin saberlo, la importante competencia de la demora de la recompensa, que tan útil habría de sernos durante el resto de nuestras vidas. ¿Existiría El caparazón si no hubiese sabido esperar desde las pocas decenas de visitas cuando lo creé hasta los miles actuales?

 

Competencias atemporales: La competencia autolúdica

Me preocupan últimamente las competencias atemporales, las que deberíamos salvaguardar para nuestros jóvenes conectados si no queremos echar por la borda algunos de los más importantes logros de la humanidad. La lectura profunda, a la que dedicábamos hace poco una entrada, era una de ellas, la desconexión constituye otro ejemplo.

Se propone hoy como solución a la incapacidad de demora de la recompensa la gamificación, la introducción de elementos de juego intermedios entre acción y premio. Medallas que premian la puntualidad en el trabajo, puntos que recibimos por ir dando pasos adelante, avatares que cambian conforme vamos alcanzando determinadas metas, etc. constituyen toda una disciplina en el ámbito de los social media, de la educación con tecnologías de nuestros impacientes jóvenes hiperconectados.

No voy a decir que el tema no sea recomendable pero querría añadir un matiz que creo importantísimo:  todas esas acciones tienen en común que son terceras personas las que las preparan, las que trazan el camino que después los jóvenes, como ante un videojuego al uso, habrán de recorrer. Estamos adaptando aprendizaje, desempeño en el puesto de trabajo, gestión del talento, etc. a la especial psicología de estos, lo cual siempre es positivo, pero…. ¿no estaremos anulando en parte su capacidad de ser ellos mismos quiénes sepan cómo mantener la propia voluntad para llegar a determinadas metas?

Denominaremos Competencia autolúdica a la capacidad de auto-gamificar algunos procesos de la propia vida.  Y la situaremos en el ámbito de las Tecnologías del empoderamiento y la participación que una vez conceptualizamos aquí.

Me sirve de ejemplo de nuevo el running. Y es que todo/a el que practica este o cualquier otro deporte solitario sabe cómo de complicado es a veces encontrar la motivación suficiente.  Diría, de hecho, que está en la mente el 70% de lo que hace que cualquier corredor/a no profesional termine pruebas de más de una hora de duración.  Y mucho de lo que pasa por su mente depende de la competencia que ahora describimos.

Las propuestas son infinitas. Tanto, de hecho, de acuerdo con el carácter personal de este tipo de estrategias, como la creatividad humana. Se trata en muchos casos de los juegos mentales a los que nos referíamos pero también del apoyo que cada uno de nosotros puede buscar en las plataformas existentes en internet. Existen portales generalistas, como Superbetter (orientado a la superación personal de distintas circunstancias vitales, como enfermedades, etc.), así como otros artilugios para la cuantificación del “self” aumentado que los/as más conectados/as conocemos bien. El registro para posterior estudio de nuestra actuación deportiva en aplicaciones como Runtastic, Runkeeper, etc., Endomondo  y sus añadidos desafíos con otros deportistas,  por citar solamente algunas, son ejemplos específicos en el caso del deporte. Incluso la creación de un blog o el uso de redes sociales para compartir fotografías y experiencias puede ayudar a mantenernos a nosotros mismos “en el juego”.

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